Renovarse o morir

La huelga que los taxistas de toda España han convocado hoy para protestar por lo que consideran una competencia desleal de los modernos sistemas de vehículos de alquiler con conductor (VTC), con plataformas como Uber o Cabify como principales dianas, me merece todo el respeto.

Pero, además de protestar en la calle, los taxistas españoles podrían pensar en hacer algo por mejorar su servicio, que hoy en día deja mucho que desear, sobre todo si se compara con lo que ofrecen esas novedosas plataformas de transporte público. La solución está inventada: queda clara en las dos acepciones que el diccionario de la RAE ofrece del verbo intransitivo competir. Y se puede —y debe— competir de muchas maneras. Y la competencia casi siempre acaba por beneficiar al consumidor.

 

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Foto: Elpais.com

Harían bien los taxistas en imitar algunas cosas de sus nuevos y más modernos competidores. Quizá sea demasiado pedirles que se compren coches como los que ofrecen Uber y Cabify, siempre impecables, pero al menos podrían adecentar sus vehículos, porque hay muchos que parecen verdaderas pocilgas y que como tales huelen. También podrían adecentarse a sí mismos, digo de los taxistas, porque hay algunos cuya presencia deja mucho que desear. No digo yo que tengan que vestir un impecable traje y anudarse una corbata, ni adoptar un uniforme como los conductores de la EMT. Pero, al menos, podrían ponerse algo más apropiado que, por ejemplo, una impresentable camiseta de tirantes cuando en verano pasan calor y no enchufan el aire acondicionado porque gasta mucho. En definitiva, pulcritud, “cualidad de pulcro”, adjetivo que la RAE define con claridad. 

Mención aparte merece el propio comportamiento de los taxistas. Cuando te subes a un coche de Uber, el conductor te pregunta si tienes frío o calor, si quieres música o no y, en caso afirmativo, qué tipo de música prefieres. Los taxistas no preguntan. Si hace calor, llegan con las ventanilas bajadas, y no contemplan que eso pueda molestar al cliente, no vaya a ser que tengan que poner en marcha el climatizador. Además, te machacan con lo que a ellos les place, ya sea sintonizando una emisora de radio en la que un locutor no para de decir tonterías o barbaridades, o con su música preferida, ya sea esta la de cualquier tonadillera o la de un grupo de rock duro, preferiblemente lo primero. Eso cuando no optan por darle conversación al cliente, expresando opiniones que no siempre tienen que ser bien recibidas y que uno tiene que digerir con resignación. Porque, oye, es que además insisten en hablar aunque el cliente evidencie de cualquier manera —mirando por la ventanilla, simulando una llamada de teléfono o, sencillamente, poniendo cara de póker— que no tiene intención de entablar ningún diálogo, ni le interesan las opiniones del conductor.

Los taxistas también tendrían que mejorar mucho la eficiencia de su servicio. Llamar por la noche a una central de taxis y que tengas que esperar 20 minutos en la calle mientras ves pasar coches con la luceita verde encendida, es absolutamente disuasorio. Y si además, a la hora de pagar te ponen constantes pegas para admitir billetes de más de 20 euros… La solución es fácil: que los taxis dispongan de terminales ptv para poder pagar con tarjeta de crédito, una opción que en la actualidad ofrecen solo unos pocos. Llegar al aeropuerto de un viaje al extranjero sin disponer de los euros necesarios para pagar un taxi que te lleve a casa y comprobar que en la larga cola de vehículos que esperan a los clientes a la puerta de la terminal hay muchos conductores que responden con un claro no cuando les dices que tienes que pagar con la tarjeta de crédito es, desgraciadamente, más habitual de lo que muchos creen.

Por otra parte, con las enormes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, es inconcebible que los colectivos de taxistas, salvo excepciones, no hayan apostado de forma decidida por la utilización de las aplicaciones para teléfonos móviles específicas que tanto aportan para poder ofrecer un buen servicio y cuyo uso es casi obligado muchas ciudades del mundo.

Pero los taxistas siguen anclados en ofrecer un servicio más propio del siglo pasado que de estos tiempos que vivimos. Hoy han ido a la huelga para defender su muy regulada y protegida parcela. No diré que no haya que regular también el funcionamiento de las modernas plataformas de transporte. Pero aferrarse al proteccionismo a ultranza y quejarse de que los precios de la competencia son más bajos es, a largo plazo, una equivocación que puede acabar con el gremio. Se hace necesaria una normativa estatal que regule todo el sector, siempre en beneficio del consumidor y del usuario y que, entre otras cuestiones —fiscales, laborales, etc— evite, por un lado, el oscuro mercado de licencias en el taxi tradicional y, por otro, impida que unos pocos inversores acaparen las licencias de VTC, porque ambas cuestiones conducen al mismo lugar: el abuso.

Los taxistas deberían adoptar muchas de las cosas que ofrecen sus modernos competidores, entre otras, la de ofrecer al usuario la  posibilidad de presentar queja o protesta o de evaluar el servicio. Dicho esto, no estaría de más que los Ayuntamientos, que sus buenos dineros ingresan en concepto de licencias, controlaran más de cerca el sector con inspecciones periódicas, tanto públicas como camufladas, para evaluar y mejorar un servicio esencial en cualquier ciudad moderna.

¡Renovarse o morir!

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Cada día, un numerito

La iniciativa anunciada esta semana por la plana mayor de Unidos Podemos —sin debate previo en los órganos de gobierno del partido— para presentar una moción de censura con el objetivo —que, vaya por delante, me encantaría ver convertido en una realidad más pronto que tarde— de que Mariano Rajoy y su corrupto PP abandonen el Gobierno, es una más de las ya incontables y cansinas ocurrencias —sin mayor recorrido que el de ocupar unas horas las portadas— que el partido que lidera Pablo Iglesias lanza con la intención de hacerse un hueco en la agenda política y mediática. Anteayer fue el autobús que emulaba, burdamente y a destiempo, el de Hazte Oír; ayer, el intento de Irene Montero de colarse en un programa de la Ser sin haber sido invitada y demostrando no tener ni idea de cómo funciona un medio de comunicación privado —desconocimiento muy poco creíble, por lo que estaríamos, de nuevo, ante un mero postureo—, y hoy…, una moción de censura sin presentar candidato, sin aportar un programa de Gobierno alternativo y sin negociar o siquiera consultar con posibles socios. Es el circo de Podemos, que cada día nos presenta un numerito diferente, trampa incluida. ¿Cuál será el de mañana?

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La plana mayor de Podemos, durante la conferencia de prensa del pasado jueves. (Foto: Cadena Ser)

Seamos serios: una moción de censura es mucho más que una comparecencia pública muy bien orquestada como la del pasado jueves —desde el vestuario hasta la solemne escenificación, aunque las caras de algunos de los participantes fueran de circunstancias y desentonaran claramente en su calidad de actores secundarios arropando al líder carismático del partido—; es mucho más que toda esa palabrería barata —eso sí, siempre con el cansino lenguaje supuestamente no sexista del “ciudadanos y ciudadanas”, “diputados y diputadas”, etc.—, es mucho más que todo eso.

La moción de censura es algo muy serio, es un mecanismo constitucional con unos procedimientos, unos requisitos y unos tiempos perfectamente establecidos y reglados. Y su utilización espuria no es de recibo. Es una frivolidad. No todo vale en política, ni mucho menos cuando se lleva a cabo desde una pretendida autoridad moral, por muy loables y justificados que sean los motivos. En la situación actual, y a sabiendas de que está condenada al fracaso, una iniciativa de tal naturaleza, sin proponer un candidato, sin presentar un programa alternativo de gobierno y sin hablar previamente del asunto con los posibles socios, no puede tener otro objetivo que el de hacer ruido.

Un ruido que, por una parte, claramente proporciona oxígeno a Rajoy y al PP —que han celebrado con hilaridad y una apenas disimulada satisfacción esta nueva ocurrencia de Podemos— al tiempo que, por la otra, revela una clara intención de pescar en el revuelto río de los socialistas, inmersos como están en una lucha fratricida por el poder orgánico en el partido, tendiéndoles una trampa. Y hay que recordar que lo que ahora propone Podemos invitando al PSOE y Ciudadanos a sumarse a su iniciativa contrasta vivamente con su veto, hace apenas un año, a la presencia del partido de Albert Rivera en la negociación con los socialistas de cara a la formación de un Gobierno alternativo. La intransigencia y la rigidez de entonces se ha trocado ahora en una disponibilidad y una flexibilidad insólitas.

La estrategia es clara, pero tengo mis dudas acerca del fin último que se persigue, que, sospecho, poco tiene que ver con lo que desean las bases del partido, conformadas por los miles de españoles que depositaron su confianza en lo que pudiera salir de aquel movimiento que fue el 15-M y que reivindicaban una nueva forma de hacer política. Lamentablemente, Podemos no solo se ha instalado en un tacticismo que casa mal con aquellas aspiraciones, sino que, conforme pasa el tiempo, evidencia su asimilación de los tics y los vicios de la vieja política que tanto criticó y sigue criticando a pesar de que con sus acciones demuestra estar cómodamente instalado en esa tan denostada forma de hacer política. Y que lleva camino de pasar a formar parte de esa casta que tanto han criticado sus líderes, con Pablo Iglesias a la cabeza.

Así que más les valdría dejarse de tácticas y palabrería y empezar a ejercer como lo que son: una parte importante de la oposición frente a un Gobierno en minoría al que hay que fiscalizar día a día, al que se han de exigir tantas y tantas cosas necesarias para el bien de este país, empezando por la erradicación de la lacra de la corrupción que todo lo impregna y que el PP se resiste a atajar. Todo lo demás son sólo eso, numeritos de circo.

Mueran las ‘caenas’

A smartphone user shows the Facebook application on his phone in Zenica, in this photo illustration

Me sorprende que haya tantísima gente que aún cae en la trampa de esas cadenas de Facebook (o de Whatsapp) que invitan al receptor del mensaje a propagarlo entre sus contactos o amigos. Surgen de forma periódica, desaparecen pasado un tiempo y vuelven meses o años después. Me centraré en las de Facebook. Hace unos meses todos vimos ese mensaje del “reto aceptado”. Un usuario veía en su muro una foto de un amigo suyo, en blanco y negro, con el mensaje “reto aceptado”. Si ese usuario le daba un Me gusta a la foto, el propietario de la instantánea en cuestión escribía a su vez este mensaje que animaba a su amigo a seguir la cadena: “Hola. Al darle me gusta a mi foto has aceptado el reto. Tendrás que subir una foto tuya en blanco y negro. Vamos a llenar Facebook de fotos contra el cáncer”. Y los incautos lo hacían.

Por norma general somos receptivos a las causas solidarias, de manera que al recibir un mensaje referido a una de ellas pensamos que estamos ante una loable iniciativa de sensibilizar a la población ante un grave problema, por ejemplo, como en este caso, el del cáncer, y alegremente pinchamos en Me gusta y decimos “reto aceptado”. cadenasLo cierto, sin embargo, es que estas cadenas no sirven para combatir nada y por mucho que usen la sensibilización de la población, su propósito es bien distinto. “Difunden supuestas noticias que intentan despertar nuestra sensibilidad, como personas que necesitan urgentemente una donación de órganos, o niños ingresados que precisan una transfusión de sangre urgente”, señala la Oficina de Seguridad del Internauta, o bien “ofrecen regalos sorprendentes o […] años de mala suerte si no los reenvías a todas tus amistades”. Y añade: “El objetivo del delincuente es siempre el mismo: conseguir que pinchemos en un enlace que nos descargará un virus o nos llevará a una página web fraudulenta donde se nos solicitará que introduzcamos nuestro usuario y contraseña”.

Detrás de estas cadenas, aparentemente solidarias y desinteresadas, hay una maquinaria que recoge datos de forma sofisticada y que los cibercriminales utilizan para propagar su spam, congestionar los servidores, llenarte de publicidad y basura…

Aunque nadie te robe dinero, estamos ante una estafa, un bulo o, en terminología de Internet, un hoax. Son cadenas que apelan al usuario mediante algún interés supuestamente solidario (enfermedades, causas benéficas, etc.), o que te aseguran que puedes conseguir un coche, un teléfono móvil, etc. Aunque la gente no se lo crea, lo comparte “por si las moscas”.

Otra cadena que circula periódicamente en Facebook es esa en la que se nos invita a “copiar y pegar, no compartir” un texto. Por ejemplo, relativo a un supuesto cambio de las condiciones de privacidad en esta red social. copy-paste-large_Reza así: “Yo no doy permiso a Facebook para usar mis imágenes, tanto del pasado como del futuro… Con esta declaración, doy aviso a Facebook que está estrictamente prohibido divulgar, copiar o distribuir o tomar cualquier otra acción contra mí, en este perfil y/o el contenido de este perfil ya que es información privada y confidencial…” Para convencernos de que es bueno seguir la cadena se nos informa del propósito, igualmente falso, de la empresa que preside Mark Zuckerberg de pasar a cobrar por la utilización de sus servicios. Y se menciona incluso que el usuario tiene el respaldo del “Estatuto de Roma”, que nada tiene que ver con el asunto.

Todo ello bajo la amenaza de que si no procedes a “copiar y pegar, no compartir” el mensaje, estarás permitiendo tácicamente el uso de tus fotos, así como de la información contenida en las actualizaciones de estado de tu perfil, de manera que “todas tus publicaciones pueden convertirse en datos públicos, incluso los mensajes o fotos que se han eliminado”. Y por si el usuario tuviera alguna duda, el texto concluye: “Después de todo, no cuesta nada, simplemente copia y pega.”

¡Pues sí que cuesta!

La realidad es que todos queremos que Facebook respete la privacidad, pero lo cierto es que casi nadie lee los términos y condiciones del servicio. Y éstas permiten al usuario delimitar exactamente lo que Facebook puede hacer con sus publicaciones.

Más reciente —y esta aparece cada cierto tiempo, con textos similares— es esa cadena en la que uno de nuestros amigos nos indica que quiere saber quiénes, de verdad, son sus amigos, quiénes, de verdad, leen sus mensajes y no se limitan a ver las fotos o los vídeos que suben a la Red, todo ello con el propósito de identificar a sus “verdaderos amigos”. Se trata de otro engaño en el que, lamentablemente, caen muchos de nuestros amigos. Para estos ingenuos, una sugerencia: dar Me gusta a la página de Facebook de la Oficina de Seguridad del Internauta o visitar periódicamente su web. Se enterarán de muchas cosas útiles. Porque resulta penoso tener que decirles “cuidado, no seas pardillo, esto que propones es una ingenuidad, además de una tontería, de la que alguien se va a aprovechar”.

¿Y quién se aprovechará de nuestra ingenuidad? ¿Qué beneficio obtiene quien promueve estas cadenas? Para responder a estas preguntas hay que saber que al copiar y pegar se manda exactamente el mismo texto, miles de veces, de manera que es muy fácil crear un filtro para generar un bot que permite colar una aplicación maliciosa o poner en marcha una campaña de publicidad.

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Un bot  (aféresis de robot) es un programa informático que imita el comportamiento de un humano y es capaz de realizar funciones rutinarias de edición. Por ejemplo, programar un envío masivo de invitaciones a las personas que han colgado un mismo texto en su muro de Facebook, para poder infectarles por medio de algún tipo de descarga o aplicación.
Esa aplicación te invita a otorgar permisos que facilitan el secuestro tu cuenta (o de tu ordenador, teléfono, tableta…) para poder publicar en tu nombre, contando para ello con que mucha gente acepta de todo sin leer los términos y condiciones. Finalmente, una campaña de publicidad: con una base de datos generada mediante el filtro creado gracias al ”copiar y pegar, no compartir”, nos freirán con publicidad.

Aviso: en lo sucesivo, cuando vea en mi muro de Facebook que un amigo, o un amigo de uno de mis amigos, ha seguido una de estas cadenas, simplemente le enviaré el link de esta entrada en La Colomera.

De la ‘perrofobia’ a la estulticia

La verdad es que hace ya algún tiempo que a Javier Marías lo tengo atragantado. Y su reciente colaboración en El País Semanal, titulada Perrolatría, ha terminado por convencerme de que se ha convertido en un mal personaje de sí mismo que desde hace algunos años se ha permitido, desde una supuesta superioridad por su condición de intelectual y escritor reconocido, dar lecciones a diestro y siniestro, rechazar premios y ejercer de enfant terrible que presume de no dejar títere con cabeza.

Aprecié, allá por el año 1978, la excelente traducción que Javier Marías hizo de esa obra monumental que es La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, publicada por Alfaguara y cuya tapa ya tendría que haberme alertado (*). Un aprecio que, en aquella época de intensísima —casi compulsiva— lectura, me llevó a leer sus primeras novelas. Pronto caí en la cuenta de que si bien como traductor lo había bordado, como escritor —y más en aquellos años de efervescencia de la buena literatura en castellano, con tanto y tan bueno que leer— no era ni mucho menos uno de los grandes. Estaba muy lejos. Me parecía que hacía gala, sin necesidad, de un estilo deliberadamente enrevesado y laberíntico. (Aquí hay una durísima y documentada crítica al respecto).

De manera que fui comprando y leyendo sus libros, pero cada vez con menos ganas, hasta que un buen día decidí que ya había leído bastante literatura de este autor. Desde entonces me limité a algunos de sus artículos de prensa. Pero también en este campo acabó por cansarme, y ahora rara vez me detengo en sus trabajos periodísticos.

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Algunas razas de perros.

Pero el título de su última columna en El País Semanal me llamó la atención, de manera que inicié su lectura. La sorpresa inicial por algunas de sus afirmaciones —”los dueños de canes quieren imponer sus mascotas a los demás, nos gusten o no”, así, en general, dice Marías, como si fueran todos unos dictadores— se trocó en estupefacción cuando leí que en la ciudad de Madrid —porque Javier Marías hace gala, hasta la náusea, de su madrileñismo— “en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los perrólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de ‘bondad’ (Hitler se contaba entre ellos)”, la mayoría de los propietarios de canes “abusa sin cesar y exige variados ‘derechos’ para sus perros”. La mención de Hitler en este contexto me pareció un recurso gratuito y zafio. Tentado estuve de dejar de leer. Pero seguí avanzando, solo para encontrarme con una retahíla de exabruptos y tonterías que, hasta el final, conforman una injustificada diatriba contra los perros y sus dueños. Una estulticia total.

Se extiende a continuación el escritor en explicar su visión de “lo de los ‘derechos’ de los animales”, que considera “uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época”. Y niega la mayor: los animales no tienen derechos, afirma, para a continuación añadir una de sus características boutades: “Ni se les ocurriría reclamarlos”. Quienes sí exigen tales derechos, según Marías con el fin de erigirse en sus “depositarios”, son, en cambio, “humanos muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido”. Una cuestión que liga a la creciente tendencia a permitir —en consonancia con lo que ocurre en los países de nuestro entorno— la entrada de perros en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte, museos, librerías… Como si los propietarios de perros tuvieran, por el mero hecho de serlo y aunque no vayan acompañados por sus mascotas, prohibida la entrada en tales establecimientos. Y lleva el argumento hasta lo risible cuando alerta de que, por la misma regla de tres, los propietarios de “jabalíes, serpientes o cachorros de tigre” también tendrían derecho a entrar con sus animales en esos sitios. Y es que, claro, a Javier Marías no le “apetece estar en un restaurante rodeado de ellos”.

Afirma Marías que un perro es, además, “un lujo”, puesto que “su mantenimiento es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las expulgaciones, las continuas visitas al veterinario, los lavados y peinados y ‘esquilados’ a cargo de expertos, incluso el tratamiento ‘psiquiátrico’ que necesitan muchos porque se ‘estresan’, se asustan al oír el timbre, se desquician en pisos de escasos metros y en ciudades no preparadas para su sobreabundancia”.

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Kira.

No sé qué perros concretos han inspirado o justificado tanta estulticia, lo que sí sé es que en casa tenemos una perra, Kira, una labrador retriever de cuatro años, que come pienso dos veces al día, visita al veterinario —como mucho— una vez al año, se lava sola en el mar o en alguna piscina, no necesita “esquilados” ni “peinados” más allá de un cepillado de vez en cuando y, por descontado, no requiere de ningún tratamiento psiquiátrico. No he hecho la cuenta, pero no creo que Kira suponga más de un millar de euros de gasto al año, incluido el seguro de responsabilidad civil.

Pero el escritor madrileño tiene otros argumentos contra los perros y sus propietarios: “Según su tamaño y su raza, el que va con perro porta un arma”, afirma Marías, que seguramente ha visto muchas películas con animales adiestrados para atacar y cosas de esas, pero que demuestra su escaso conocimiento de los perros y lleva su justificación al terreno de lo ridículo cuando acto seguido añade que “si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca”.

En este punto me vino a la cabeza la imagen de una mujer alta, gallarda, guapa, armada con su perro pequinés, paseando en hora punta por la Gran Vía madrileña mientras los viandantes que la ven venir de frente se abren en abanico —temerosos, aterrados, no sé si por la bella o por la bestia— para dejarles (dejarlas, diría Marías, como buen madrileño, ¿no?) el paso franco y evitar el peligro que sin duda suponen.

En fin. Bromas aparte, lo que me ha quedado claro es que a Javier Marías, aunque afirma que no tiene “nada contra los perros”, no le gustan estos animales. Quizá debería sobreponerse a tal aversión, esa perrofobia manifiesta que muestra en este artículo, y decidirse por hacerse con uno. Seguramente le permitiría aprender y comprender cosas que desconoce y, a lo mejor, incluso le ayudaba a mejorar como escritor.

PD. No me atrevo a adivinar qué raza canina elegiría Javier Marías en el hipotético caso de que decidiera tener un perro. Teniendo en cuenta que, según se dice, el amo acaba siempre pareciéndose al perro, y viceversa, la elección de una en concreto por mi parte podría convertirse en algo así como una injuria. Y no digamos si le hago propietario de un perro callejero, porque en ese caso podría ser considerado un perroflauta. Y eso sí que no.

 

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Texto de la tapa de Tristram Shandy.

(*) En efecto, el texto de la tapa daba pistas acerca de los supuestos innovadores de la novela moderna que, como Javier Marías, han pretendido hacer algo diferente, no siempre con buenos resultados, por cierto. Allí se puede leer que el irlandés Laurence Sterne ocupa un lugar primordial en la historia de la literatura y se señala que “el incomparable ritmo de su prosa, su ingenio inagotable, los inverosímiles juegos de palabras, la complicada estructura narrativa, llena de arabescos y recovecos, la negativa absoluta de una concepción literal del tiempo, su vibrante y aguda escrituras salpicada de ribetes oratorios, su originalísima puntuación, (…) su perfecto manejo de la parodia y sus numerosas extravagancias tipográficas hablan por sí solos de su modernidad y nos hacen ver como simples imitaciones muchos de los recursos experimentales de la novela actual que pretende hacerlos pasar por innovaciones“.(El subrayado es mío). Imitaciones -añado yo- con las que diversos autores, entre ellos Javier Marías, no han logrado, ni de lejos, emular al gran novelista irlandés.

 

Algo va muy mal

Algo va muy mal en este país cuando llevamos cinco días pendientes de una actuación teatral en un barrio de Madrid donde, ante un escaso público, unos titiriteros escenificaron una sátira de dudoso gusto, algo cutre, en la que aparecía brevemente una pancarta de 20 centímetros de altura cuyo contenido -la inscripción Gora Alka-ETA- fue denunciado como un supuesto “enaltecimiento” del terrorismo y que ha desatado una polémica inaudita, por desproporcionada.

Algo va muy mal en este país cuando comprobamos que esa misma obra programada el pasado viernes por el Ayuntamiento de Madrid (donde gobierna la izquierda) dentro de los actos del Carnaval, fue representada tan solo unos días antes, con idéntico guion, por los mismos titiriteros y sin causar el más mínimo revuelo, en las dos funciones que ofreció en Granada, cuyo alcalde es del PP.

Algo va muy mal en este país si se organiza todo este follón por un supuesto delito, cuando lo que hace la obra representada por los supuestos delincuentes es, precisamente, denunciar la frecuente criminalización de las iniciativas de protesta social por parte de los poderes públicos y, en concreto, la policía, la judicatura, los Gobiernos y algunos medios de comunicación. La función que representaban los titiriteros no suponía exaltación alguna del terrorismo, sino que pretendía denunciar, precisamente, “el uso que del terrorismo hace en ocasiones el poder para criminalizar toda disidencia. Los titiriteros no exhibieron pancartas en apoyo a la banda terrorista, no hicieron ningún tipo de proclama en favor de la banda. Todo lo que se juzga ocurría dentro de la ficción de la obra de guiñoles”, como bien ha escrito Juan Diego Botto.

Algo va muy mal en este país cuando lo que ha acabado pasando es, precisamente, lo que la sátira trataba de denunciar: la utilización del terrorismo por parte de los poderes del Estado como excusa para criminalizar… una ficción. Y con el lamentable resultado de meter en la cárcel a dos titiriteros. George Orwell habría alucinado con este caso.

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Viñeta de JR Mora en CTXT

Algo va muy mal en este país cuando, con una velocidad inusitada, que ya quisiéramos ver en otras ocasiones, la justicia, en este caso el juez Ismael Moreno -espoleado por una fiscalía que, como órgano jerárquico que es, actúa al dictado del jefe, esto es, el Gobierno (aunque, visto su historial, tampoco parece necesitar espoleta alguna)- ordena el encarcelamiento de los titiriteros con una argumentación que causa verdadero sonrojo. Entre otras cosas porque para apoyar la decisión de decretar la prisión incondicional inmediata –medida que la jurisprudencia reserva a situaciones extremas, puesto que tiene consecuencias muy graves, dado que priva de libertad a una persona que no ha sido juzgada- alega el “riesgo de fuga”, además de aludir a la posibilidad de que los titiriteros puedan “destruir pruebas” (¿matando a las marionetas?) y al peligro de que puedan cometer otros hechos delictivos (¿repitiendo la función?). Todo ello con endebles, cuando no inexistentes, fundamentos jurídicos y sin tener en cuenta que, como bien dice Rubén Amón, “el oficio del titiritero tiende a la exageración como el oficio del juez debe tender a la mesura”.

Algo va muy mal en este país cuando semejante decisión judicial, basada en una acusación de enaltecimiento del terrorismo contra los dos titiriteros que, como bien dice Sol Gallego-Díaz, “es absurda y difícilmente se podrá mantener en los tribunales”, se adopta mientras varias decenas de personajes que, estos sí, han ocasionado graves daños a la sociedad con sus prácticas corruptas, siguen campando a sus anchas por calles, despachos y foros y, en muchos casos, detentando parcelas de poder en la Administración, en grandes empresas e, incluso, en los Gobiernos. Algo va muy mal cuando este país destaca por esa “tendencia a querer meter en la cárcel a la gente por lo que dice y no por lo que hace”.

Algo va muy mal en este país cuando los medios de comunicación dedican tantas portadas y tanto tiempo a este asunto, como si no hubiera más noticias en el mundo. Algo va muy mal cuando la televisión pública dedica más de cinco minutos a informar sobre el asunto mientras las noticias del juicio del Caso Noós y de la corrupción en el PP de Valencia ocupan menos de un minuto cada una.

Algo va muy mal en este país cuando portavoces de la caverna y aun de la derecha moderada, a sabiendas de que lo que hacen y dicen es solo impostura y ataque político, se llenan la boca de expresiones condenatorias y peticiones de dimisiones cuya única finalidad es el desgaste del Gobierno municipal de Madrid y la crítica a cualquier cosa que se le parezca, haya o no argumentos para ello.

Algo va muy mal en este país cuando un Ayuntamiento comete todas las torpezas que han jalonado esta historia, desde las que permitieron que se programara la representación de los titiriteros sin revisar su contenido, hasta las protagonizadas tras el aluvión de críticas y de denuncias, con sus confusas explicaciones, sus titubeos y sus propósitos de enmienda incumplidos.

Algo va muy mal en este país cuando a cualquier ciudadano mínimamente informado no le cabe la más mínima duda de que todo este asunto al final quedará en nada, de que las desatinadas decisiones policiales, judiciales, políticas y mediáticas generadas en este febrero de 2016 por la representación de una obra en un teatro de títeres en una plaza de Madrid, protagonizadas por policías, jueces, políticos y periodistas, no tendrán consecuencias. Nadie entonará el mea culpa. Nadie asumirá haber cometido error alguno. Pero los dos titiriteros recordarán el resto de sus días el desgraciado asunto que les llevó por unos días a la cárcel.

Como explica Rosana Torres, si Lorca, Benavente o Valle, incluso Lope y Quevedo, levantaran su cachiporra, alucinarían ante la burda criminalización de una representación de una obra de títeres de cachiporra, actividad cultural de larga tradición en Europa, que en estos días, en España, ha sido objeto de una polémica desmesurada, desatinada y muy interesada. ¡Esperpéntica!

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Algo va muy mal en este país cuando uno siente la necesidad de exponer todas estas obviedades para dejar claro su rechazo a ser manipulado como un títere o marioneta por parte de toda esa serie de titiriteros aficionados que habrían de procurarnos seguridad serena, justicia ecuánime, gestión honrada e información veraz y contrastada en lugar de tratarnos como si fuéramos todos idiotas.

La ‘decoración’ de la playa

Los gobiernos municipales suelen destacar poco por su sensatez, y mucho menos por su buen gusto, al  menos por estos lares. Y el Ayuntamiento de Oropesa no solo no es una excepción, sino que acaba de demostrar un año más, con la decoración de la playa de Las Playetas, que esas cualidades no forman parte de su gestión. La cosa ha ido este año por etaIMG_0117pas. La primera fue la colocación del infame contenedor metálico que sirve de base para los socorristas. Con evidente menosprecio del enorme abanico de posibilidades que ofrece hoy en día el mercado, en vez de buscar una estructura de madera o pvc que tuviera una cierta gracia y resultara agradable a la vista, de nuevo han optado por dejar caer en la playa un viejo, oxidado y desconchado cajón de hierro. Un prodigio del diseño moderno. Es este que se ve junto a estas líneas.

Las alternativas existen, como se aprecia en las dos imágenes a continuación. Y seguramente no serán mucho más caras.

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La cosa no para ahí. A continuación, en una segunda etapa del proceso decorativo, llegaron las no menos infames papeleras de colores, que los servicios municipales depositaron graciosamente, todas juntas, en medio de la playa. Y ahí se han quedado. Bueno, no, porque al segundo día, tras una tormenta con fuerte oleaje, aparecieron tumbadas y desparramadas por la playa. Eso sí, al día siguiente los operarios municipales acudieron diligentemente y las recogieron para, asombrosamente, dejarlas otra vez todas juntas en medio de la arena. Y no solo es que no coloquen las papeleraIMG_0118s en sitios más naturales y discretos. Es que, además, no las vacían. De todas formas, cuando llegue el momento de hacerlo, el sistema de los colores para discriminar la basura según si se trata de papel, plástico, vidrio o desperdicios en general, no servirá de nada, pues todo aquello que los usuarios de la playa hayan depositado diligentemente en el contenedor del color correspondiente a sus desechos irá a parar finalmente a un mismo saco. Es práctica habitual desde hace años.

En este caso también hay alternativas más vistosas y elegantes, como las papeleras que se ven en la siguiente fotografía.

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Y la guinda ha llegado esta mañana. La tercera etapa decorativa ha sido el mazazo definitivo. Un horrible urinario, un mamotreto maloliente, adorna desde hoy lo que durante los meses del resto del año previos a la iniciativa decoradora del ilustre Ayuntamiento de Oropesa es una preciosa playa. Un adefesio que una furgoIMG_0115neta ha dejado caer junto a una de las duchas (que, por cierto, desde que la colocaron, hace dos semanas, no deja de perder agua, sin que las llamadas de aviso al Ayuntamiento para advertir de tal despilfarro hayan obrado el milagro de que los servicios municipales acudan a subsanar la avería).

También en este apartado existen soluciones menos agresivas y más elegantes, como estas casetas.

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El conjunto es demoledor: caseta, papeleras y urinario no precisamente de diseño que afean una playa que, eso sí, tiene bandera azul, aunque en su dejadez sempiterna el Gobierno municipal todavía no la haya izado en el desproporcionado mástil doble que desde hace años afea el paseo marítimo.

Eso sí, la seguridad de los bañistas parece preocupar poco a la autoridad municipal, que todavía no ha tenido a bien poner las boyas para acotar la zona de baño que no pueden invadir las embarcaciones. Así, durante estos días, adentrarse en el mar para ir a nadar un poco más allá del rompeolas constituye un riesgo ante el constante paso de barcas y motos de agua que campan a sus anchas a los mandos de unos capitanes que frecuentemente dan muestras de su evidente peligrosidad.

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En resumen, un conjunto impropio de cualquier playa, que revela un mal gusto difícil de superar y una dejadez lamentable por parte de un Ayuntamiento que nada en la abundancia gracias a los suculentos ingresos que le reportan los impuestos, sobre todo el de bienes inmuebles que cobra a los propietarios de los centenares de chalés de las diversas urbanizaciones y de los miles de apartamentos diseminados por el término municipal y el cercano complejo de Marina d’Horror, perdón, d’Or (gente que, por cierto, en su gran mayoría no está empadronada en la localidad, por lo que tampoco puede influir con su voto para cambiar las cosas). Unos ingresos que, en tiempos del delirio despilfarrador de los años de la burbuja inmobiliaria, permitieron al Ayuntamiento construir una nueva sede, un impresionante y lujoso edificio de cinco plantas que con seguridad costó una millonada (o dos, y que muy probablemente reportó pingües beneficios a algún concejal, contratista, constructor o proveedor del Ayuntamiento). Es de destacar que para llevar adelante ese proyecto los munícipes sí que tuvieron un gusto exquisito: enormes cristaleras, ascensores panorámicos, acero inoxidable de alta calidad por doquier y enormes despachos dotados con muebles de primera. Un despilfarro que, sin embargo, no se ha traducido en una mejor atención al ciudadano, ni en una gestión más eficiente de los servicios públicos.

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Me explican que el alcalde pensaba que no repetiría tras las elecciones municipales de mayo pasado y que por eso paralizó las contratas que se ocupan de los servicios de la playa. Pero resulta que finalmente ha sido reelegido. Aunque tampoco por ello parece haberse sentido obligado a preocuparse por esta playa.

Al alcalde le preguntaría: ¿El contenedor, las papeleras y el urinario que ha tenido a bien poner en la playa de Las Playetas los pondría junto al flamante nuevo Ayuntamiento de Oropesa?

Pesca a la luz de la luna

Pesca a la luz de la luna